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1918: Lecciones de la terrible victoria

¿Se puede decir algo de los aniversarios que no sea meramente rendir homenaje a su recuerdo? En este 2018, que termina, se conmemora el centenario del final de la Primera Guerra Mundial que se inició en agosto de 1914 y duró hasta el 11 de noviembre de 1918, cuando el Imperio Alemán reconoció su derrota y firmó la rendición incondicional. En esos años de lucha murieron más de 25 millones de personas provenientes de todos los continentes de la tierra, aunque los principales combates ocurrieron, focalizados, en el frente occidental (en la larga línea de trincheras que iban desde la costa del Canal de la Mancha hasta la frontera suiza, atravesando Francia y Bélgica); el oriental (básicamente en el territorio de la Rusia Imperial, pero también en los Balcanes, origen del conflicto); Oriente (donde los ingleses, fundamentalmente, se enfrentaron con los turcos para terminar, dividiéndose con Francia, los estados árabes y el persa de Irán ocasionando un grave trastorno geo-político en la región cuyas consecuencias aún seguimos viviendo) y, por supuesto la guerra en el mar que tuvo al invento reciente del submarino como su arma estratégica. Ello no quiere decir, por supuesto, que no hubiese habido otros frentes secundarios y que, las consecuencias de la firma de la paz no hayan afectado a todos los continentes. Fue “la Gran Guerra” con la esperanza de que fuera la última en estas proporciones de destrucción.

Pero la primera lección, amarga después de semejante pérdida de vidas humanas, de bienes materiales, de ciudades y de costumbres y modos de vivir, fue que esta contienda pudo ser evitada. El estallido de la guerra cogió desprevenidos a la mayoría de los europeos que nunca creyeron, hasta que estuvieron en el frente de batalla, en la realidad de un conflicto. Y resultó también, para los jefes políticos y militares que, a base de cálculos y de presunciones creían dirigir los acontecimientos, inesperada. Todos ellos confiaban en una guerra de meses, (sabían que una lucha más larga terminaría por destruir no solo la economía, sino sobre todo el orden político al que se pertenecían), hasta tal punto que la promesa del Kaiser Guillermo II a sus tropas de que “retornarían a pasar las Navidades en casa”, era la expresión del sentimiento común de todos los dirigentes de los respectivos imperios y naciones.

“Las lámparas se apagan en toda Europa”, anunció lúcidamente, el primer ministro inglés Edward Grey en julio de 1914, cuando la declaración de guerra era inminente. Para añadir proféticamente: “No volveremos a verlas encendidas antes de morir”, no solo para él sino para todas las posteriores generaciones incluidos nosotros. “La Primera Guerra Mundial estalló porque los líderes políticos perdieron el control sobre sus propias tácticas”, señala el ex – secretario de estado de EE.UU, Henry Kissinger, en su libro “El orden mundial”. La resolución de crisis anteriores como las dos de Marruecos y la de Bosnia confundieron a dirigentes políticos y los diplomáticos sobre cómo tratar conflictos en la densa atmósfera de lucha política y económica de las potencias: podían lograrse resultados parciales si se iniciaba un juego de presiones que siempre tenía como último horizonte el conflicto, horizonte al que por supuesto nunca se llegaba pero servía para intimidar en audaces movidas geopolíticas de corto alcance. Así, las victorias tácticas en temas tangenciales donde nunca se llegaba al punto de ruptura, fueron entendidas y celebradas como “el método normal de gestión política”.

El atentado que costó la vida al archiduque Francisco Fernando y a su esposa en Sarajavo, Bosnia, a manos de nacionalistas serbios y que es considerado el desencadenante del conflicto, no pasó de ser “un tema tangencial”, de interés limitado, ocurrido en una zona minusvalorada por los centros de poder de las grandes capitales de Europa. Tanto, que la noticia de su asesinato demoró por lo menos un mes en convertirse en causa de guerra entre el imperio Austrohúngaro, el ruso y Serbia, entre otras cosas porque los jefes de los países se encontraban de vacaciones. En ese mes, sin embargo, como en otras crisis, se activó la planificación militar que se había convertido junto con la técnica que implicaba, en los socios indispensables de las tareas de los estados mayores, que presionó a los dirigentes a la guerra con la advertencia que de no hacerlo, el adversario podría atacar primero. “En última instancia, la planificación militar le pasó por encima a la diplomacia. Es una lección que las futuras generaciones no deben olvidar”, advierte Kissinger.

La segunda lección puede extraerse de la expresión del presidente del Consejo Georges Clemencau en los meses de noviembre y diciembre de 1918 al evaluar lo logrado en los cuatro años de guerra: se trataba de una “terrible victoria”. El Tratado de Versalles un año después y la formación de la “Sociedad de las Naciones”, trató de restablecer un nuevo orden mundial donde la legitimidad y el poder estuviesen balanceados. Dicho Tratado y en general, el orden mundial que buscaba, respondía a varias consideraciones principales, según el historiador inglés Eric Hobsbawm en su “Historia del siglo XX”, primero, cercar la expansión de la Revolución Rusa y evitar su contagio en los estados que desaparecían en el nuevo mapa político del mundo; segundo, dominar a Alemania para que no pudiese ser de nuevo una amenaza bélica sobre todo para Francia; reestructurar el mapa de Europa, Asia y África después de la caída de los tres imperios, el ruso, el austro-húngaro y el turco; cuarto, las políticas internacionales de las potencias que habían obtenido la victoria.

El nuevo orden mundial mostró rápidamente su vulnerabilidad al excluir a Rusia por su efecto de contagio por una parte y por otra al dejar sola a Francia en el continente, desangrada y debilitada por el conflicto, como único veedor de una Alemania sometida a condiciones sumamente duras pero con una capacidad de resurgimiento y de poderío mayores como pronto se vería.

La debilidad del Tratado de Versalles y el nuevo orden mundial surgido después de la Gran Guerra, fue que pese a la existencia de mecanismos legales que se crearon para mantener la paz, ninguna de las potencias estaba dispuesta a hacer cumplir sus términos. En realidad, como señala Henry Kissinger, dos órdenes se crearon a partir de Versalles: uno, el de las reglas y el derecho internacional de las democracias occidentales y otro, que carecía de límites en el que actuaban las potencias que se habían retirado de una manera u otra de aquel orden y actuaban al margen de él para fortalecerse y expandirse. Como consecuencia, el orden que pretendió instaurar Versalles al dejar cerradas aparentemente las puertas a una nueva conflagración, se rompió en veinte años exactamente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

La celebración del aniversario del fin de la Gran Guerra acordado en un vagón de ferrocarril en territorio francés en 1918, no es un motivo de recordación erudita. Más bien, pone de relieve el fracaso de los dirigentes políticos y militares para mantener un equilibrio de orden pese a las lecciones de los horrores vividos durante cuatro años consecutivos que marcaron el declive de Europa. “El colapso del orden internacional fue esencialmente una historia de abdicación, incluso de suicidio” concluye Henry Kissinger.

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