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Arturo Roig y el problema de la filosofía latinoamericana

Conocí personalmente al filósofo argentino Arturo Roig, en la década de los setenta del siglo pasado, cuando terminaba mis estudios de licenciatura en filosofía en Quito, en la Facultad de Filosofía San Gregorio de los jesuitas. Era la única facultad de estudios filosóficos especializados en el Ecuador. Ubicaba eso sí al Profesor Roig, como a uno de los integrantes de un nuevo movimiento filosófico surgido en Argentina a comienzos de esa década, la Filosofía de la Liberación. Se trataba de un grupo de diez o doce filósofos argentinos, más bien de provincias, que ya en su Manifiesto fundacional, dejaban entrever las diferencias teóricas y políticas que existían entre ellos, pese a compartir la propuesta de la liberación. Dicha filosofía pretendía ser por una parte, expresión y reivindicación del pensamiento latinoamericano.  Por otra parte, una propuesta teórica, es decir, un diagnóstico, un proyecto y las opciones frente a lo que consideraban estaban ocurriendo en América Latina en esa década conflictiva.

Recuerdo que se me pidió por parte de una revista española, “Cuadernos Salmantinos”, un ensayo sobre dicha filosofía en 1975, que se publicó en 1976. Mi comentario no fue favorable a las pretensiones filosóficas del nuevo movimiento. Me preocupaban sus expresiones de activismo político, su exigencia a ultranza del “compromiso”, una palabra de moda en aquella época y que servía para definir lo políticamente correcto para los intelectuales, el tono a la vez maniqueo, pero ingenuo, un tanto ingenuo para enjuiciar a las personas y a las diferentes posiciones políticas que pensaban diferente.

Para preparar mi ensayo, tuve que leer los artículos que habían publicado en 1973 en su Manifiesto, algunos de los cuales me parecieron más sociológicos que filosóficos y escasos, además, de una confrontación con la tradición filosófica occidental, no solo en cuanto a información sino sobre todo a la estructura del pensamiento. Críticamente titulé a mi artículo con un interrogante: “Filosofía de la liberación; ¿liberación de la filosofía?”. Para concluir que esa pretensión de filosofía no llegaría a serlo. Por supuesto, para muchos de mis contemporáneos era ya la filosofía ideal, lejos del duro camino del concepto como dice Hegel.

Cuando tuve la oportunidad de escuchar a Roig personalmente, en alguna de las conferencias que formaban parte de los Encuentros de Filosofía, que se realizaban entonces, en la Universidad de Cuenca, me di cuenta de que era diferente. Buscaba, por supuesto, elaborar una teoría de la filosofía latinoamericana, esto es, de pensadores como los argentinos Alberdi o Sarmiento, el venezolano Andrés Bello, los ecuatorianos Espejo y Montalvo, por citar algunos nombres. Pero, por otro lado, entablaba una discusión, en el sentido inglés del término, o diálogo con algunos de los filósofos más importantes de la Modernidad europea, Kant y Hegel. Me llamaba además la atención su irritación, no encuentro otra palabra, con el pensamiento de Heidegger, que era quien precisamente me había hecho valorar la dimensión de la filosofía gracias a la labor de mi maestro, Julio César Terán S.J. que acababa de regresar de Alemania.

Roig tenía una doble tarea: por una parte incluir dentro del pensamiento filosófico a la obra de autores latinoamericanos como los que se han citado y que, para esa época, eran ya el objeto de estudio por parte de una disciplina desarrollada por el mexicano Leopoldo Zea, los peruanos Francisco Miró-Quesada Cantuarias y Augusto Salazar Bondy sobre todo. El problema estribaba en que la exposición de las obras de los pensadores latinoamericanos era en forma de ensayos o artículo periodístico, y no al género sistemático y riguroso de la “Crítica de la Razón Pura” de Kant o la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel. Roig pretendía encontrar, tanto en los filósofos clásicos y modernos, como en los latinoamericanos, un punto de partida común que fuese el comienzo del filosofar.

La otra tarea pendiente, era organizar el pensamiento latinoamericano existente, pasando de una Historia de las Ideas demasiado clasificatoria y positivista, a una Historia en que pensadores y época estuviesen intrínsecamente relacionados. Era, con otras palabras, la famosa sentencia de Hegel de que “La razón es la época aprehendida en conceptos”.

Roig terminó dedicándose a la Historia de las Ideas desde el nuevo esquema mental que elaboró. Y se distanció más de la filosofía europea, no solo de Heidegger sino de sus sucesores y de otras corrientes que fueron surgiendo en las décadas finales del siglo XX y primeras del XXI. Sin embargo, la pretensión de hacer una filosofía latinoamericana identificada con la visión que en ese momento se tenía del pasado del pensamiento latinoamericano y sin asumir las nuevas condiciones en que entraba el mundo como la globalización, la problemática del sujeto y la necesidad de contar con una nueva visión del pasado, fueron haciendo que su filosofía se perdiera de vista. No existe una filosofía latinoamericana, existe simplemente filosofía, sería la conclusión.

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