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Día del padre: presencias y recuerdos

El próximo domingo celebraremos el día del padre. Para muchos, quiero creer la inmensa mayoría, será motivo de fiesta con la presencia del progenitor en el centro, viviendo esas horas de encuentro. Para otros, será motivo de recuerdo, de visita con flores a algún lugar de paz, la ocasión del retorno de imágenes que han quedado grabadas para siempre. En todo caso, siempre tenemos algo pendiente que a nuestro padre, presente o no. Porque él es  algo más que el individuo histórico, viviente con el que tratamos o hemos tratado. Su presencia tiene siempre algo de simbólico, de revelación, como cuando Darth Vader, en la saga maravillosa de “Star Wars”, dice en el momento culminante: “yo soy tu padre”.

Culturalmente, la figura del padre ha tenido múltiples referentes en la historia de Occidente. Y por ello es necesario volver la vista a esa historia, no para naufragar en el océano erudito de datos que contiene, sino más bien como búsqueda de referentes, de luces que guían nuestra vida en los afectos y en las razones, ahora que estamos azotados por la “Posverdad” y los populismos de todo tipo.

El primer gran texto de la cultura occidental sobre el padre es la “Odisea” de Homero.  “Si a todo alcanzara el poder de los hombres mortales, yo primero eligiera el regreso del padre querido” escribe el poeta griego en el libro XVI de la “Odisea”. Quien así habla, no cabe n duda, es Telémaco, el hijo de Odiseo o de Ulises, que asiste todas las noches al saqueo de las propiedades del padre ausente, al ultraje de la intimidad del hogar, a la demanda de que su madre se despose con uno de los pretendientes que ansían poder y riquezas, pero que no pierde la esperanza del retorno de su progenitor. Telémaco interroga diariamente el mar en la búsqueda del padre al que no conoció porque salió hace mucho tiempo a la guerra de Troya. El padre volverá, lo sabemos, disfrazado de mendigo, frágil, no como rey opulento ni todopoderoso seguido por ejércitos. Solo, con su hijo y sus fieles, gracias a su ingenio, acabará con los pretendientes que mancillan su hogar. Telémaco es un buen referente para nuestro presente cuando se habla  del fenómeno de la “disolución de la autoridad” o de la “muerte del padre”. “Las nuevas generaciones están comprometidas –al igual que Telémaco—en lograr el movimiento singular de reconquista de su propio porvenir, de su propia herencia”, dice el pensador italiano Massimo Recalcati en su libro “El complejo de Telémaco”.

En lengua castellana, uno de los homenajes más antiguos al padre constan en los versos de Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de su padre”, escritas en el siglo XV, siglo que ha sido caracterizado por los historiadores como “el Otoño de la Edad Media”. Fue la época de las grandes pestes, de los levantamientos aldeanos, de la danza de la muerte que evoca Bergman en “El séptimo sello”. Pareciera una época donde solo los lamentos se escuchan. Sin embargo, si se leen estos versos, que antes era lectura obligatorio en los colegios, encontramos un homenaje al padre que trasciende la gran crisis medioeval y se inscribe en las promesas del Renacimiento. El hombre, amenazado por el azar y la precariedad de la existencia,  puede con su valor, su hidalguía, su señorío correctamente entendido, dar un sentido a la vida que el hijo debe asumir como legado y que le servirá a la vez para dar sentido a la suya. La escena que reviven las coplas es por supuesto dramática: el padre está agonizando y todas las cosas que antes parecieron tan reales, tan urgentes, se vuelven efímeras y perecederas. Sin embargo, algo sobrevive a la pérdida de las certezas anteriores: la vida que el padre eligió.

“Amigo de sus amigos,/ ¡Qué señor para criados / e parientes!/ ¡Qué enemigo d’enemigos!/ ¡Qué maestro d’esforcados e valientes!/ ¡Qué seso para discretos!/¡Qué gracia para donosos!/¡Qué razón!/¡Qué benino a los sujetos!/¡A los bravos e dañosos,/qué león!”.

En este maravilloso texto donde se muestra ya el castellano, encontramos un sentido de la vida que sobrevive a la desaparición física. Es lo que necesitamos ahora cuando somos azotados por una tormenta de relativismos que confunde medios con fines, exige la satisfacción inmediata y pierde toda referencia social y planetaria. Se exigen derechos pero no responsabilidades. Vivimos la pérdida de autoridad en las sociedades actuales, expresado como el temor a ejercerla y el rechazo de todo ordenamiento o reglas de juego porque se lo considera atentatorio contra la libertad de cada uno. Esta situación es la que formula la metáfora de la “muerte del padre”. Sin Padre sin embargo, no hay herencia, legado, en el sentido simbólico por supuesto. Es lo que cada hijo debe asumir y que es una herencia siempre cambiante de ese padre. Por ello tratemos de entenderlo, de escucharlo, de atenderlo.

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