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Introducción a la Filosofía

Hay múltiples formas de ingresar a la filosofía. En mi caso, como ya lo he dicho, fue a través de Ortega y Gasset. “Las meditaciones del Quijote”, fue el primer libro de filosofía que tuve entre mis manos. No deja de ser admirable, visto retrospectivamente, que un libro publicado en 1914, apareciese contemporáneo para un joven, décadas después, en países diferentes y en circunstancias distintas. ¿Ingenuidad, o la fuerza del pensamiento que atraviesa tiempos y lugares? Un poco de todo ello. Habrá que antes revisar, por cierto, qué significa por ejemplo “ingenuidad”. Toda pregunta lleva algo de ingenuidad. En todo caso, el texto de Ortega, me parecía gozosamente contemporáneo. La lucidez del pensamiento se resuelve en gozo intelectual, al volverse un espectáculo de luces que lanza mensajes desde el cielo. “Solo quien ha pensado lo más profundo/ ama lo más viviente” es un verso del poeta Hölderlin que le gustaba citar a Heidegger.

Pero sería injusto decir que fue solo un libro el que motivó mi admiración por el pensamiento. Aunque la filosofía se proclame universal, es decir, que sus cuestiones importan a todos los hombres, es siempre algo particular lo que inicia la admiración, se vuelve pregunta y que, para comprenderla en su totalidad, no puede quedar en lo particular. Es el caso de los diálogos socráticos donde una cuestión aparentemente “intrascendente” sobre la vejez del anfitrión, lleva nada menos que al mundo de las Ideas y a la ética platónica. Hay novelas, poesía, acontecimientos, personas que se conocen, frases, que actúan como llamadas de atención que casi literalmente, sacuden el hombro.

Desde comienzos de secundaria, me había entusiasmado la historia de España. Pero esta historia suscitaba más preguntas que respuestas. La historia no se “aprende de memoria” ni interesa un montón de datos que hoy se aprenden y, pasado el examen o el tiempo, se olvidan, porque nunca se entendió para qué eran. Menos ahora, cuando en un dispositivo tenemos toda la información que queramos, disponible a mano. ¿Para qué cargar la memoria inútilmente? Lo que se necesita es otra cosa.   

España pasó de ser en el siglo XVI, un imperio “donde no se ponía el sol”, en más o menos década y media, a una potencia marginada de la Europa Moderna. Ésta, se desarrollaba a toda velocidad en Inglaterra, los Países Bajos, Francia, después de las “guerras de religión” que perdió el Imperio Español y la firma de la paz de Westfalia en 1648, un año por demás emblemático. De ahí en adelante, la historia de España será la de una consunción progresiva, salvo episodios brillantes como el de la “Guerra de 1808”, en que los españoles fueron los primeros en Europa en poner en jaque a las hasta ahora invictas tropas de Napoleón. Pero pese a este episodio que mostró la valentía y el ingenio español, la forzada abdicación del Rey Fernando VII por los franceses y la declaración de las Cortes de Cádiz, de que el poder no residía en el rey sino en la nación, fue una de las claves de los movimientos independentistas de la América de habla española. Finalmente, en 1898, España perdió sus últimas posesiones de ultramar en una derrota fulminante a manos de la armada estadounidense. El resultado de esta historia lo resume Ortega: “los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de rencor, y las cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente. Hay en derredor nuestro, desde hace siglos, un incesante y progresivo derrumbamiento de valores”. Cualquier coincidencia…

 Lo novedoso, por así decirlo, es cómo enfrenta Ortega esta historia, no desde lo político sino desde lo filosófico. Y lo filósofo es el concepto de “perspectiva”: “Hemos de buscar, para nuestra circunstancia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos perpetuamente en éxtasis ante los valores hieráticos, sino conquistar a nuestra vida individual el puesto oportuno entre ellos.”.

Solo ahí tiene sentido la tantas repetidas (y cercenada) propuesta de Ortega: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.  Si se examina con detenimiento esta propuesta, no está lejana del intento hegeliano de hacer de la filosofía, la conciencia de la época.  Y el lugar de la coincidencia de pensamiento e historia. “La razón es la rosa en la cruz del presente” lo formulará a su manera el Hegel de los “Fundamentos de la filosofía del derecho”, un año antes de su muerte.

Ortega a la vez que está analizando el problema de España, está planteando una crítica al pensamiento positivista del siglo XIX, que estaba aún vigente en España y que contribuía a mantenerla ensimismada en sus glorias pasadas. Lo que Ortega propone, que el yo asuma la circunstancia histórica en la que vive porque desde el principio existe el yo inserto en una historia determinada, es la clave para renovar a la España agotada de la Restauración y hacerla afrontar su presente. Ese presente es la apertura a Europa y no la recaída en provincianismos separatistas. En esto fue un pensador estratégico, desde la filosofía propuso el futuro de España.

Descartes por ejemplo no hubiera estado de acuerdo, cuatro siglos atrás con la frase de Ortega. Tampoco los neo- kantianos que a la muerte del maestro colonizaron en el siglo XIX las principales universidades desde el dualismo de fenómeno – cosas en sí. Pero todas estas novedades no las entendí en la primera lectura.

2 Comments

  • Isabel Macías

    Señor rector me parece significante y maravilloso aporte para quienes apreciamos la filosofía, soy estudiante de la Universidad de las Artes y siempre visito este espacio, actualmente me encuentro leyendo la Galaxia de Gutemberg y Estudios sobre el amor de Ortega y Gasset. Espero poder leer más este blog.
    Saludos,
    Isabel.

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    • Joaquín Hernández Alvarado

      Gracias Isabel por sus comentarios que me animan para escribir de estos temas. A Ortega le he dedicado un par de artículos explicando cómo peso en mi vocación filosófica. Me alegro por su interés desde las artes y espero contribuir a un diálogo entre saberes y personas. Cualquier sugerencia será bienvenida. Saludos cordiales, Joaquin Hernández.

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