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Las cuestiones de la ética

Hay muchas formas de presentar a la ética: algunos prefieren hacerlo como un tratado donde el esfuerzo estaría centrado en exponer los conceptos centrales y proporcionar quizás ejemplos que permiten entenderlos. Esta forma de presentación lleva implícito un mensaje: la ética es una disciplina terminada, inmune a la variedad de los tiempos y a las diversas posiciones que se han ido asumiendo por pensadores y filósofos. El problema que presenta  esta formulación es su falta de sintonía con la sociedad en que vivimos, caracterizada por los cambios y por la incertidumbre. La ética así considerada parecería no tener problemas epistemológicos ni dar cuenta de la crisis de valores y de la pérdida de sentido de los que somos contemporáneos

Hay otra forma de presentación que todavía se estila sobre todo para la enseñanza. Consiste en la exposición de todas las corrientes de pensamiento que se han ocupado de la ética, desde los griegos hasta los contemporáneos. Mejor si se añade algún pensador oriental para no dar indicios de exclusión culturalista. Esta forma de presentación se considera objetiva: al ofrecer todas o casi todas las corrientes de pensamiento se estaría dando a cada pensador un espacio, reducido y todo, en que se considera su aporte. No habría ninguna exclusión salvo por los límites del curso, del libro o del artículo y el estudiante sería libre para escoger la que mejor le convenga a sus intereses.

El problema de esta forma de presentación es el mismo vicio que afectó al pensamiento positivista de finales del siglo XIX y comienzos del XX: el relativismo. Esta supuesta libertad olvida dos cuestiones fundamentales de nuestra época: en primer lugar que toda elección implica un horizonte desde el cual se elige. O, en palabras más actuales, todos pertenecemos a un relato desde el cual realizamos nuestras elecciones. No se niega por supuesto la libertad como capacidad de elegir; si no, no estaríamos hablando de ética. Es una ficción por tanto creer que se puede elegir los filósofos o las corrientes de pensamiento como si estuviesen en perchas de un supermercado. Y por cierto, elegimos en el supermercado desde lo que creemos más conviene a nuestros intereses personales, a nuestra forma de vivir y a la imagen que queremos ofrecer a los demás.  En segundo lugar, que ese horizonte desde el cual elegimos se encuentra también en constante cambio. A lo mejor no hay un horizonte sino muchos, dependiendo de los encuentros cada vez más frecuentes con culturas distintas y al prodigioso desarrollo de la tecnología.

Hay otra forma de presentar a la ética, más acorde con lo que implica. A lo largo de la cultura occidental, ésta ha sido planteada como la respuesta a dos preguntas: ¿cómo ser felices?; y, ¿cómo ser justos? La primera pregunta tiene una añeja raigambre: proviene de los griegos y como lo dice Miguel Giusti, “era una reflexión sobre la mejor manera de vivir, sobre el sentido de la vida”. Como tal, la felicidad, que intenta traducir la palabra griega “eudaimonía” implica al individuo como miembro de una sociedad con la cual está en sintonía. Por sociedad debe entenderse el conjunto de instituciones, tradiciones, valores, costumbres, en una palabra no por azar griega, el “ethos” del que hablaba en mi entrega anterior. Para Aristóteles, que fue uno de los promotores de la “eudaimonía” o felicidad, ésta era posible solo dentro del grupo de personas o de ciudadanos que compartían ese “ethos”. Esta respuesta a la pregunta sobre cómo ser felices ha sido retomada posteriormente a comienzos del siglo XIX por Hegel y actualmente por filósofos como el canadiense Charles Taylor, el estadounidense Michel Walzer entre otros.

La pregunta por cómo ser justos tiene en cambio raigambre más reciente, la de la Modernidad. Como se sabe, la Modernidad fue una época que  centró  la razón humana y el yo como los referentes exclusivos de la vida social y personal. Los modernos no podían conducir su vida por tradiciones, herencias intelectuales o costumbres, sino que todo lo tenían que legitimar desde sí mismos. Fue el caso de Descartes que fundó la metafísica y con ella el orden del mundo en la antropología del yo pienso. Fue el caso de los grandes científicos fundadores como Galileo pero sobre todo Newton “que expresó al mundo en caracteres matemáticos” como suele decirse. Como tal la Modernidad se inicia a mediados del siglo XVI y llega hasta comienzos del XX. Las sucesivas revoluciones científicas, políticas, filosóficas, industriales, no hicieron sino confirmar su tesis de que el hombre es el centro de la historia y que la razón es la única instancia que debe regir los saberes y las prácticas.

Para la Modernidad, la pregunta no fue ya ¿cómo ser felices?, por considerarla demasiado circunscrita a un grupo de personas que compartían un “ethos” común, pero no a otros grupos con un ethos diferente.  Lo que se buscaba entonces era un modelo ético más universal, no para un grupo de personas, sino para el hombre en general. Como señala magistralmente Miguel Giusti, para los modernos, “la ética no debe ocuparse de definir el sentido de la vida o enseñar a vivir mejor”. El problema se volvió entonces la búsqueda de principios morales universales, no atados a ninguna “tribu” ética: “sapere aude”, “atrévete a pensar”, como Kant puso como cita ilustrativa de su ensayo “¿Qué es la Ilustración?”

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