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Lecturas, lecturas: Eliot, Szymborska, Juarroz

Algunos estudiantes me preguntan a veces cuáles fueron mis lecturas de juventud. La pregunta es importante. Más importante que aprenderse de memoria un texto determinado cuya información se encuentra rápidamente en el iPhone. No por supuesto por tratarse de mí sino porque lo que se está buscando es una experiencia de lecturas que pueda ser compartida e incluso aprovechada por quienes hoy comienzan la universidad y descubren un mundo de intereses rico e incluso a veces, aparentemente contradictorio. Por supuesto, no hay un “canon” de lecturas, es decir una lista de textos y de autores que son obligatorios de leer. Que no haya un canon en literatura e incluso en filosofía y cada vez más las fronteras epistemológicas de las ciencias sociales sean más borrosas es el logro de las filosofías que surgieron en los años 70 en Paris y se asentaron rápidamente en las universidades estadounidenses. Así que sin pretender establecer un canon no mucho menos comparto experiencias.

Empiezo por la poesía. No hace falta ser poeta para gozarla. En mi época, el obstáculo mayor para hacerlo era la opinión generalizada de que ésta consiste en el amontonamiento de adjetivos superlativos cada uno más rimbombante y raro que el otro. Actualmente, tengo la impresión de que el problema es otro: la poesía es pura efusión de sentimientos, una especie de desgarramiento del alma en público. Quizá contribuye a ello no saber diferenciar el yo biográfico del yo poético que son completamente distintos.

En realidad, la poesía es un pensamiento cuya emoción surge de la extrañeza del mundo que revela. Extrañeza que por supuesto suscita emociones, revela dimensiones insospechadas. De ahí el trabajo que el poema requiere.  No tiene por tanto que acudir a engolados adjetivos ni volverse confesionario público de emociones.

Me impresionó mucho en la juventud uno de los poemas de T.S.Eliot, que fue un acontecimiento en la Europa de los años veinte del siglo pasado, destruida por la Gran Guerra (1914-1918), arruinada por la crisis económica y crítica amarga de los grandes valores de la cultura del siglo anterior que no la pudieron salvar del abismo. Aunque estadounidense de nacimiento, Eliot formó parte de la generación de escritores que como Hemingway o Scott Fitzgerald “tomó” por así decirlo a la cultura europea de la época y le dio nueva vida. “Tierra Baldía”, (“The Waste Land”) se sitúa en el tránsito de la primavera al otoño en esa época de crisis: “April is the cruellest month, breeding/ Lilacs out of the dead land, mixing/ Memory and desire, stirring/  Dull roots whit spring rain”. Por cierto, lo mejor en poesía, en literatura y en filosofía, son los textos en idioma original. Si no es posible, una edición crítica como la de Vizor o Cátedra que generalmente son bilingües. La traducción, difícil para el verso de Eliot por el sonido grave y acompasado del comienzo más que por la transcripción de las palabras, “abril es el mes más cruel”, se abre para mostrar la contradicción de la estación, metáfora de la vida humana: “criando/ lilas de la tierra muerta, mezclando memoria y deseo, avivando/ raíces sombrías con lluvias de primavera”. Afinando el oído se puede percibir a la distancia los ecos de la “Divina Comedia” de Dante de la que Eliot era lector entusiasta y el sabor a la gran tradición medioeval del “Contemtus mundi”, es decir, “el desprecio del mundo”.

Wislava Szymborska fue como Eliot, premio Nobel de Literatura. Aquí la máxima de leer en el idioma original se complica bastante si no se sabe polaco. No queda sino buscar buenas traducciones que vienen avaladas por editoriales como los indicados antes. Wislava tiene un poema sobre algo que todos hacemos, a Dios gracias, todos los días: la hora temprana en que la noche se retira y el día comienza a invadir la habitación y la ciudad. Es para ella un instante mágico: “Todavía duermo/ y mientras tanto suceden cosas”.   El proceso de la hora temprana es mágico: “Muy raras veces, me sorprende, aunque debería/ Suelo despertarme como testigo tardío,/ cuando el milagro ya está hecho,/ el día establecido/ y lo que era el alba, magistralmente transformado en lo matinal”. ¿Qué más puede decirse? ¿No está aquí en estos versos “sencillos”, la extrañeza ante la revelación de lo nuevo que Harold Bloom sostenía era la marca de las grandes obras de la literatura occidental?

¿Cómo se puede hacer poesía de esa extrañeza? Roberto Juarroz, un poeta argentino, lo hace en un poema: “A veces parece / que estamos en el centro de la fiesta./ Sin embargo/ en el centro de la fiesta no hay nadie,/en el centro de la fiesta está el vacío./ Pero en el centro del vacío hay otra fiesta”.  El poema de Juarroz como de la Wislava y el el de Eliot son concisos, sin uso de palabras altisonantes, sin derroche de emociones. Su ritmo, su contundencia por así decirlo, están en el mismo poema que no necesita explicaciones biográficas sino que muestra lo que el filósofo alemán Martin Heidegger planteó en su segunda etapa: “el lenguaje es la casa del ser”.  No vamos a entrar en filosofía por el momento. Pero vale la pena la referencia.

Como se ha dicho, la poesía es un pensamiento con emoción. Pero la emoción no viene sino del mismo ritmo de la poesía, de las palabras que en un nuevo juego lingüístico descubren novedades que cotidianamente no son vistas. Por supuesto, la poesía igual que la vida “no se aplica”, se vive. Permite entender el misterio de existir, de tener vida, de poderla por así decir, palparla. Quedan otros poetas para otros escritos. Los poetas ecuatorianos de la primera mitad del siglo XX son magníficos: Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero. Después, Efraín Jara Idrovo que acaba de morir. Iván Carvajal… La poesía sigue.

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