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“Moneda al aire”: sobre la novela y la crítica

“La capacidad de leer hoy en día es difusa e irreverente. Buscar una orientación oracular en un libro ha dejado de ser un acto natural…Un credo único de espontaneidad vitalista nos lleva desde el enunciado de Wordsworth, según el cual ‘el impulso de un bosque joven’ vale más que la suma de bibliotecas polvorientas, hasta el slogan de los estudiantes radicales de la universidad de Frankfurt en 1968: ‘que desaparezcan las citas’”.

Leonardo Valencia, un escritor nacido en Guayaquil, presenta esta semana en su ciudad natal, el libro titulado “Moneda al aire. Sobre la novela y la crítica”, que trata sobre la novela y las diferentes interpretaciones que se han presentado sobre su significado desde Cervantes hasta Ishiguro, por poner un límite en el tiempo. El libro es una reflexión sobre la novela, pero de forma indirecta una meditación sobre el estado de la cultura occidental. Sin pretender establecer correlaciones formales, que estarían de más, la novela, aparte de la narrativa de su temática, da cuenta de los anhelos y esperanzas de los seres humanos.

Valencia, pese a su edad (1949), es lo que podríamos llamar, de una forma un tanto provocativa, un “clásico latinoamericano”. No sabemos si es de los últimos. La palabra “clásico” por supuesto, hay que explicarla para evitar confusiones. No estamos hablando de culto a estatuas ni de colecciones de autores severos e inmortales.

Leonardo sintió desde su juventud fascinación por la literatura y por la cultura en general. La fascinación pasó a ser preocupación por la escritura. No solo admirar textos sino escribirlos. De ahí sale su primer libro de cuentos, “Luna nómada”, que marca su oficio de escritor. Lo que implica para la mentalidad clásica, dejar de ser autodidacta y formarse necesariamente como escritor.

La formación implica una amplia gama de tareas: no solo tomar cursos de literatura o de crítica, sino intercambiar experiencias con escritores y críticos de arte, conocer su ambiente, perder el provincianismo  y volverse universal. Aspirar la atmósfera de la cultura no como un lujo sino en la cotidianeidad. La formación termina en sabiduría.

La formación, para la mayoría de los escritores latinoamericanos, desde Rubén Darío hasta las generaciones inmediatamente posteriores al “boom” latinoamericano de los años sesenta, era el obligado viaje a Europa, la experiencia del exilio literario. La primera novela de Valencia se llama “El desterrado”.  Por supuesto, hubo y hay excepciones, pero la fórmula clásica de formación era la experiencia europea.

Valencia viajó “quemando las naves” a finales del siglo XX, a  Barcelona. Ya antes había vivido en Lima. Barcelona, puerto de Europa, ciudad de arraigo y desarraigo de culturas, centro de los editoriales y de los críticos que hicieron posible el “boom”, ciudad de congresos mundiales, heredera de una historia conflictiva donde las obras artísticas y las conversaciones con extranjeros de todos los países, están a la orden del día.

Mientras preparaba su segunda novela, “El libro flotante de Caytram Dölphi”, un homenaje al libro hecho destino en la vida de los seres humanos, Leonardo prosiguió sus cursos en la teoría y análisis del arte y de la novela. Su PhD en la Universidad de Barcelona versó sobre quien años después sería Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, clave de la literatura contemporánea.

Por ello, Leonardo no fue ajeno a la reflexión sobre el arte y la novela. Su primer libro de ensayos, “El Síndrome de Falcón” cuestionó uno de los lugares favoritos de la literatura ecuatoriana y latinoamericana: el escritor obligado a ser retratista de su país para reivindicar el cambio social. La novela no puede estar obligada a ser instrumento ideológico.

Creo que desde una vertiente más amplia, más universal por las lecturas y las experiencias vividas, Valencia publica “Moneda al aire”, donde presenta su visión de la novela, libre de consignas ideológicas de cualquier tipo, utilitarismos, realidad compleja que habla de un mundo imaginario del que da cuenta el escritor.

No es fácil la convivencia entre crítica y novela. Valencia la tilda de “paradojal”. Una y otra se requieren entre sí. ¿De dónde saca el crítico la “autoridad” para hablar de las novelas? Por ello, las palabras del famoso crítico George Steiner aparecen al comienzo de este artículo. No hay un canon porque toda autoridad es cuestionada en esta época, partiendo del aparentemente ingenuo comentario de los jóvenes que hacen de la arbitrariedad de su punto de vista, el criterio de valoración. E igualmente de los novelistas o aprendices de novelistas que buscan en lo más marginal y abyecto de la condición humana, su narrativa.

Valencia aboga porque la novela sea entendida desde la realidad imaginaria que el autor trabaja y sobre la tradición de la misma novela, tradición que implica al crítico. Solo así puede ser “Moneda al aire” y no cerrarse en uno o más significados.

Harold Bloom, otro de los grandes críticos de la literatura, señaló que se escribe por una pretensión de grandeza, concepto políticamente no correcto para los oídos igualitaristas contemporáneos. Esta grandeza  es para Bloom, “la base de la experiencia estética que antaño se llamó lo Sublime: la pretensión de trascender los límites”. ¿La novela como moneda al aire tiene esa pretensión?

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