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Ortega y Gasset, ese pensador europeo…

Vamos a dejar por un momento a los poetas para pasar a los pensadores de “mis años de formación”, como dirían los alemanes. ¿Se sigue leyendo a los autores de la juventud, que se leyó en la juventud? Es una interrogación personal. Cambiamos irremisiblemente, y el autor que nos interpretó maravillosamente en una etapa, en otra distinta, pierde su fascinación. Otras son ya las emociones, distintas las expectativas. El cambio de autores o de libros, es una muestra de nuestra fugacidad, de nuestra condición de nómadas en la existencia.

José Ortega y Gasset (1883-1955) ha sido uno de los autores que he leído continuamente a lo largo de la vida, en etapas distintas, con razones y afectos diferentes. Las lecturas de filósofos o de pensadores, de novelistas o de poetas, siempre están relacionadas consigo mismo y con la etapa que está viviendo. Las preferencias por autores o por libros se explican por una mezcla de razones y afectos.

Estamos hablando, insisto, en libros o autores que nos dijeron y nos dicen algo a nuestra vida, no a los que por trabajo tenemos que acudir para una cita bibliográfica o para una exposición en la universidad. “Filosofar es exponerse, es ‘hacer llorar, y hacer reír y hacer estremecerse a los oyentes, no por capricho, no por artificio, pura y simple, y rigurosa y exclusivamente filosofando”, cita uno de sus más importantes biógrafos, al Ortega convencido, de que la razón si no es vital, es una momia reseca que solo sirve para un museo.

Formado en un colegio privado dirigido por jesuitas españoles, todos ellos, jóvenes o viejos, provenientes de la España franquista, Ortega era para ellos, un pensador que generaba ocultas simpatías y manifiestas antipatías. Para los jóvenes, Ortega era un pensador no acartonado, no preocupado por ser ortodoxo, dueño de un pensamiento de águila que sobrevolaba todo (es decir, escribía de todo lo que le llamaba la atención, a veces con buena intuición, a veces, equivocándose) y poseedor de un estilo brillante que hacía del castellano una fiesta. Para los maduros, Ortega era un intelectual que no se había comprometido, como debía haberlo hecho, con el franquismo, excesivamente liberal, tanto en su pensamiento como en su comportamiento político.

Lo más grave: Ortega fue incapaz de convertirse en un apologeta del régimen como lo era José María Pemán. A propósito, en “Las memorias de la tribu”, el último libro de Vargas Llosa, en que habla de los pensadores que influyeron en su formación liberal, Ortega es uno de ellos. Pero lo que hoy es un mérito para Vargas Llosa, en la España adusta del “Caudillo”, en los años cincuenta del siglo pasado, era motivo de sospecha o de desconfianza, sino de antipatía.

Más de alguna vez se cita a medias una frase de Ortega que aparece en uno de sus libros de juventud, 1914, “Las meditaciones del Quijote”: “yo soy yo y mi circunstancia” y se olvidan de la segunda parte: “Y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Para Ortega como lo fue para Hegel, la filosofía expresa el pensamiento de la época. La circunstancia era lo que definía y le quitaba la soledad al Yo. Ortega no propugnaba una filosofía alejada de la realidad histórica, una especie de pensamiento sin historia. Lo que le importaba era cómo ese Yo vivía en la época que le había tocado vivir. Por eso, su incansable curiosidad por entender lo que estaba sucediendo, desde el pensamiento hasta la gastronomía, desde el pasado de la Modernidad europea hasta las últimas corrientes literarias. Quiso “salvar las circunstancias”; no lo logró, sin embargo, como él hubiese querido.

¿Quién fue Ortega? ¿Un filósofo? ¿Un pensador cuyas preocupaciones iban más allá de los temas considerados estrictamente “filosóficos”, como la rebelión de las masas o los análisis sobre de temas como el amor? ¿Un periodista que intentaba dar cuenta de lo que estaba pasando en el mundo? ¿Un sibarita a quien le gustaba la buena mesa y el buen vino y las conversaciones de altura, un poco galante como para pretender enamorar a Victoria Ocampo en Buenos Aires? Ortega fue, y ésta es una de las razones de mi afecto, un filósofo preocupado de poner en claro, sin tecnicismos, lo que pensaba la intelectualidad europea de la que fue contemporáneo.

Así diagnosticó dialécticamente la crisis española de más de cuatro siglos de duración: “Lo que hace problema a un problema es su contradicción real. Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a España como contradicción”, esto escribió apasionadamente sobre la crisis de una España que no se encontraba a sí misma.

Ortega nació unos años antes del gran fracaso español de la guerra del 98 en el siglo XXI que sorprendió a la mayor parte de sus compatriotas porque confirmó que su país ya no estaba entre las potencias europeas y que había perdido en minutos su imperio colonial, lo único que les quedaba después de cuatro siglos de la época en que Felipe II declaraba que en “sus dominios nunca se ponía el sol”. El fracaso no logró la estabilidad política de España: los enfrentamientos fueron continuos hasta que un general, Primo de Rivera, impuso en los años 20, una dictadura. Dictadura que igualmente volvió a fracasar y que abrió a los españoles la puerta para la constitución de una república en 1932. Tampoco la república logró orientarse por los graves conflictos de los sectores políticos y más bien, los radicalizó hasta tal punto que dio lugar al estallido de la Guerra Civil española que comenzó en 1936 y terminó en 1939, en los momentos en que se iniciaba la II Guerra Mundial.

Ortega no estuvo de acuerdo con la República y sus desvaríos izquierdistas que terminaron quemando iglesias, haciendo huelgas cerrando empresas y atacando a los pensadores disidentes, pero tampoco se alineó incondicionalmente con el franquismo que exigía la rendición de pensamiento y la aceptación sin crítica de los mitos nacionalistas. En realidad, nunca “se entregó” del todo ni a la República que perdió la guerra ni a la España nacional que la ganó y tuvo que construir su historia heroica destinada a volverse monumento de piedra.

Es preciso manifestar que Ortega fue “un buen europeo”. Se adelantó en ese sentido a la formación de la Unión Europea. Siempre tuvo la visión de una Europa unida donde los nacionalismos estaban de más. Formado en Alemania, en la época de Simmel, Dilthey, Cassirer y más o menos contemporáneo de un joven profesor irreverente y genial que empezaba a trastornar la filosofía de las universidades, Martin Heidegger, amante de Francia, Ortega comprendió en las encrucijadas de las dos guerras mundiales, que el destino de los países europeos era conformar una gran unidad. Si estuviera vivo se opondría a los separatismos como el catalán. Ya en 1910 escribió provocativamente: “Europa no es una provocación solamente: es un principio de agresión metódica al achabacanamiento nacional”. Más aún, ”La europeización es el método para hacer esa España, para purificarla de todo exotismo, de toda imitación. Europa ha de salvarnos del extranjero”, que contemporáneamente quiere decir que los conflictos nacionalistas, étnicos o culturales del viejo continente solo podrán resolverse en una unidad mayor.

Sigo leyendo a Ortega porque me parece iluminadora la historia de un hombre que trató de ser fiel a sus pensamientos; que pagó con su soledad sus errores, pero que tuvo la hidalguía de aguantarse y no arrodillarse pidiendo un puesto al gobierno de turno. Y por supuesto, porque Ortega deleita, hace sonreír, le encanta polemizar y al final, se vuelve humano, cuando advierte que el mundo para el que había escrito, había cambiado irremisiblemente. Es la mejor puerta de entrada a la filosofía. Aunque sea para abandonarlo y luego, volver de nuevo a leerlo.

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